Brucie Butterfly – Templo de Lamento – Nov-0170003-01/02/

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Templo del Lamento

Capitulo #02

 

Yekaterina ya no sabía cuánto tiempo llevaba en aquella inhabitual alcoba, donde el resplandor tenue de la luz en tonos rojizos hacía que luciese en penumbras, justo como a ella le gustaba. Trazando formas irregulares con el dedo índice empezó a dibujar sobre el espejo. Dibujó su casa y a ella misma, la verdad es que no la extrañaba demasiado, la cotidianidad y monotonía la estaban acabando por dentro. Pero debía admitir que tenía miedo…

Sólo que su orgullo era demasiado elevado para aceptarlo. Justo cuando terminaba de ponerse su cabello en el garabato detallado la puerta fue abierta.

—Con que tú eres aquella humana que profanó el bosque que protegemos.

Ladeó la cabeza para observar quién le hablaba. Era un muchacho de apariencia aniñada, casi andrógina, de cabello desordenado castaño y curiosos ojos grises. Tenía una gargantilla con una piedra verde.

—¿Lo siento?

El muchacho río jovialmente.

—Me alegra no ser alguien más de la guardia. Hay muchos que no tienen buen sentido del humor como yo, ¿sabes? Como…—la miró como diciéndole que continuase.

—¿Lava fundida?

—¡Si, Daneshka es muy amargada y regia!—siguió riendo.—Además de que parece un chico, pero es muy buena. De las mejores, se toma muy en serio su función.

—¿Qué función tiene ella?

—Tenemos una función similar. Explicándolo de forma sencilla…Ambos somos capitanes de la guardia sagrada de hielo, comandamos a muchas personas para acabar con monstruos y demás porquerías que pueblen nuestras tierras (¡tuviste suerte de que ella estuviese ahí!). Lo protegemos y ayudamos a nuestro pueblo. Y claro, debemos proteger con nuestra vida a nuestra Ice the Queen—explicó mientras se sentaba en su cama en la pose del indio, jugando con los sinuosos y delicados patrones de un ciervo con cornamenta.

—Parece un trabajo bastante digno.

El chico sonrió ante su asertividad.

—Lo es. El ala norte de nuestro pueblo nos quiere mucho, siempre nos regalan cosas, o nos coquetean otros minerales, lo hace grato. Además es divertido, mucho más que otras funciones.

Ella ladeó la cabeza mirándolo con curiosidad.

—¿Qué otras funciones existen?

—Todos tienen una función, homo. Está la gente que se gana la vida en el pueblo, hacen los trabajos menos peligrosos. Plantan árboles y flores, cuidan a los seres vivientes. Están los que excavan minas para encontrar a más compañeros. Nosotros nos alimentamos de la luz, pero aquí no existe más que la luna. Hace muchísimos años dejó de salir nuestra radiante estrella—su mirada se había vuelto perdida y algo turbia mientras lo decía. A Yekaterina le apenó, por lo que el chico relataba eran buena gente

—Si ya no sale el sol, ¿cómo se alimentan?

El chico la miró fijamente, ya no lucía tan afable.

—Ésa es otra de las funciones del pueblo, pero es más peligrosa así que es cuidadosamente supervisada por la reina madre de Forconessí. Tienen a personas especializadas en conseguir luz de forma artificial, y lo reparten equitativamente a las cuatro alas pero…a veces no es suficiente, somos demasiados. Los minerales muy débiles como rocas, micas y fluorita tienden a reducirse a polvo.

—Vaya…Están en una situación difícil—musitó para ella, realmente no podía decir nada para aliviar al muchacho. Ella no conocía nada.

—Nos las arreglamos, homo. Somos fuertes. Por cierto, creo que fui descortés, yo sé tu nombre pero tú no sabes el mío. Me llamo Kamel Turion, y no muerdo—guiñó un ojo amistosamente. Ella rio un poco ante su comentario algo tonto. —Es probable que tenga que irme, debo reunirme con mis compañeros. Pero me gustaría que ahora estuvieses más tranquila, no somos malas personas, Yekaterina Ludge.
Se dirigió hacia la puerta para irse pero la voz de la chica lo hizo deternerse.

—Kamel Turion, si todos aquí tienen una función ¿significa que yo también la tengo, y por ello me hallo aquí?

Kamel se quedó en silencio por unos instantes, entre la penumbra se vislumbraba casi como una sombra difusa.

—Yo creo que sí. Nadie entra aquí porque sí sino es porque hay alguna misión que debas cumplir, por más insignificante que sea. ¿Quién sabe? Quizá logras ayudar a sembrar árboles o acabar con nuestro problema de escasez. Yo creo que no tienes nada de malo

Y con esas palabras el muchacho abandonó la sala dejando a la chica en una profunda reflexión consigo mismo y con habidas ganas de saber más sobre aquel mundo extraño al que había llegado.

.

..

—Kamel Turión, mi Lapis Nephriticus. Acércate.

Las robustas puertas de metal se abrieron revelando al muchacho jovial. Se acercó e hincó su rodilla en signo de respeto, otorgándole poder sobre él a su interlocutora.

—Gracias por hablar con la pequeña humana. Debía tener miedo, no es para menos pero…—suspiró—. Ahora estará más tranquila, creo que le causaste justo la sensación que deseaba; no planeamos hacerle nada malicioso, ella tiene una misión donde nos va a beneficiar. Hay que ser amables y modestos, ¿oyeron?

Todas las personas de su guardia pronunciar telepáticamente un sí al unisono. Después de todo la reina se estaba comunicando por ése medio. Las paredes tienen oídos, y sólo su querida guardia real podía saber sus planes.

—No hacía falta contactar a la Reina madre para hablar de esto, los mensajes están suspendidos hasta que yo lo diga. Cualquiera que no sea ella de intenciones egoístas y maliciosas puede acceder a la información y ocasionar una guerra masiva y violenta, recuerden que por ahora…Debemos movernos sin poner ojos ajenos sobre nuestra labor. En nuestras manos está el futuro no sólo de nuestro querido Norte, sino de Forconessi entero.

Ice the Queen, mirándolos a todos con sus imponentes ojos blancos inexpresivos, se levantó y una energía pura, pétrea, muy acendrada desde los motivos ornamentales del trono les hizo sentirse cálidos y reconfortados, sacándoles una sonrisa de paz. Era su espíritu guía, un pequeño dragoncito llamado Winter

—Háganla ser alguien fuerte, ella tiene que romper nuestra maldición. La voz no hubiese abierto el portal para ella sino hubiese viajado directo desde aquel lugar sacrosanto…

Las puertas de metal se abrieron, y Winter desapareció entre la escarcha plateada que llenó el traje de la reina. Los 8 guardias protectores, cada uno con su insignia que representaba su guía se marcharon sigilosamente, dejando a la Reina tan sólo con la voz que nadie más podía ver.

La voz le susurraba muchas cosas, algunas crueles, algunas sabías; había vivido con ella desde hace muchísimos años, cuando tan sólo era un pequeño diamante sin forma alguna.

Caminando directo hacía su habitación, necesitaba una consulta. Necesitaba ver una y otra vez el evento que ocurrió hace años, sacar una pista. Todo lo que se encontraba en ése lugar era un acertijo para armar el rompecabezas de su redención.

Al cerrar la puerta la voz se manifestó nuevamente.

—Bien. Ya estamos aquí. ¿Lo verás, no? Sangrarás y te quedarás más ciega, como las otras veces

A través de su espejo ancestral se reflejó la forma humanoide de cabellos ondulados y rostro albino de un muchacho. Sus ojos eran fríos y tenían esa especie de sabiduría primigenia, como si existiese desde el principio de los tiempos.

—Hago las cosas por mi pueblo. Esto ayudara, Umbre.

La voz rodó los ojos ante su reina pero guardó silencio, él la conocía mejor que nadie y sabía lo testaruda que podía ser. Por ello estaba a su lado, era un alma que no podía corromperse, no como él, una repudiada sombra moldeable.

Umbre extendió su mano, haciendo que poco a poco el cristal se volviese tan sano y maleable que su mano logró atravesar el otro lado del espejo. Diamante no dudó, se la dio y la oscuridad envolvió el cuarto.

Los antiguos dioses la esperaban. Otra vez

.

..

Era una noche de tempestuosa lluvia en un pequeño pueblito a las afueras de un bosque de los dioses, hace cientos de años olvidado por los seres vivientes del lado de la muralla al desamparar a sus creyentes. Toda clase de criaturas y secretos moraban al traspasar su recóndito interior, la pequeña puerta de cerradura alada…inhóspitas tierras que durante los primeros cien años sirvieron para espantar a pueblerinos y visitantes…

Un delicado susurro viajaba oculto entre la niebla, pasando por los valles y los ríos viajando a través del tiempo para atraer a las almas más perceptibles a que visitaran nuestra morada pero todos los años era igual, pensó; ningún ser era tan sensible como para sentir el llamado dijo con desanimo deseando compartir sus maravillas…

 ”Era un lugar sacrosanto hecho por los dioses para nuestro disfrute ¿cómo es posible que nadie pueda oír el lamento de los árboles, los sollozos de la lluvia y el cantar de los ruiseñores? lamentaba la criatura de penetrantes y tristes ojos, tan sabios como los viejos árboles, con raíces tan profundas que sobresalen tenebrosamente formando tétricas figuras.

El valle que hace tiempo el sol iluminaba, ahora era un lugar oscuro y silenciosa, una maldición ancestral que podría romperse con ciertos requerimientos…”Pero no, nadie puede oír el llamado de la madre Gea. Me pregunto si algún día volveremos a ser lo que fuimos.” Y pequeñas lágrimas que parecían tejerse en su rostro como telarañas raídas cayeron en la tierra, haciendo nacer una rosa negra y marchita.

Inmediatamente los tallos y las raíces de las plantas adyacentes comenzaron a teñirse de un negro carbonizado que los consumía y desde el interior de la rosa emano un resplandor azul claro como la llama de una vela con degradaciones naranjas y observo a la deidad angustiada por su soledad

El ser miró ese pequeño resplandor hacerse cada vez más nítido y perceptible, y sus ojos antes negros como un vórtice sin fin volvieron a brillar, pequeñas y centelleantes estrellas podían contemplarse en su mirada. Era la última esperanza que tenía, el llamado divinó.

Cantó un conjuro, una pequeña sonata de sonidos tan melifluos y hechizantes que los pequeños animales del bosque se acercaron alrededor del círculo sagrado trasmitiendo su anhelo de ser recordados y apreciados. Los sonidos viajaron más allá del bosque, por los valles, mucho más allá donde el cielo se junta con el mar en búsqueda de su elegido…

.

..

*—Dime, Alaysha, ¿encontraste aquello que buscabas?—una risa jocosa le preguntó entre la oscuridad.

—Sí…encontré más de lo que pensaba. Serendipia.*

.

..

Nubes negras se alzaban sobre el bosque, augurando una lluvia fría e implacable, desprovista de alegría. El resplandor de las llamas no podía mitigar el frío fantasmagórico que sentía el indefenso cervatillo. Con su patita rota ya vendada se encontraba lo más cerca del fuego, mientras un ser lo abrazaba transmitiéndole calor corporal.

—Oh, pobre animal, me pregunto si sabes el camino a tu hogar…

Una inflexión monótona, de alguien que arrastra las palabras susurró tenuemente entre la oscuridad de la cueva. No se podía vislumbrar sus rostro así como estaban, ocultos entre las capas que los resguardaban.

—Está bajo la gracia de Cernunnos, protector de la naturaleza. ¿Qué más se puede pedir? Llegará a casa.

No respondió, pero clavó sus ojos rojos en él.

— ¿Y tú? Jamás regresaste a casa. Cernunnos no tuvo compasión de ti.

El otro encapuchado miró hacía las llamas, mientras una sonrisa pronunciada de dientes inmaculados se creó en su faz.

—Tú eres mi Cernunnos. Gracias a ti estoy vivo, ¿no es una señal de los dioses suficientemente obvia?

Mientras seguía abrazando al animal, sus ojos lo contemplaron con escepticismo y otro poco de resignación.

—Nunca podré contigo, Mino…Pero tus rarezas son tan graciosas que complacen a tu ama.

Minou hizo una reverencia graciosamente torpe por su ropaje largo. No se veía muy respetable, pero poco le valía. Sólo quería complacer a su pequeña cazadora de bestias. Algo se aproximaba, ambos lo sabían, pero mientras tanto bailarían la danza del fuego y se divertirían exterminando monstruos. Jugarían su parte del papel cuidadosamente elaborado por sus ancestros.

 

Continuará…

Autor: Brucie Butterfly

Nov-0170003-01/02/

Publicado por Altern Flag Studio

 

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Templo del Lamento

Capitulo #01

.

..

Tic, tac; Tic, tac. El reloj marcó las doce, y Yekaterina Ludge sintió miedo.

“¿Qué eres?… ¿Qué soy?”

Pero la Nada no le respondía, solo la miraba con su oscuridad invadiendo toda la habitación. No había un solo halo de luz,

(Estaba tan perdida…)

“Pronto.”

Y todo se volvió negro; Nada la había devorado.

.

..

La chica se sobresaltó ligeramente cuando despertó, justo en el momento en que la campana sonaba terminando el ciclo de clases del día. Todos se levantaron con mal disimulada felicidad, mientras el profesor los miraba malhumorado, decidiéndose a dejarles tarea extra en el pizarrón. Ella también recogió sus cosas con paciencia y salió del aula.

Saliendo por fin del colegio pensó en lo que soñó. Fue curioso, decidió. Pero siempre tenía esa clase de sueños incoherentes, aunque este por alguna razón se le hacía diferente, no sabía en qué sentido, pero era distinto en algo.

“Le doy cierta importancia a estas cosas, pero es absurdo empezar a reflexionar de esto. Son sólo sueños”

Empezó a cruzar el tramo para entrar a las avenidas de Lóndres y justo en el momento en que se disponía a largarse escuchó una voz conocida.

— ¡EY, LUDGE! Eres perversa, te había dicho que me esperaras.

La voz femenina provenía de una chica bastante bonita, de largos cabellos lisos y rubios, ojos mieles y de cara infantil, aunque generalmente lo que atraía los ojos del sector masculino sobre ella era su buen cuerpo.

Por otro lado Yekaterina Ludge, la auto apodada: La Vaga, era de cabellos ondulados café que le caían por la espalda, ojos grandes café y con unas ojeras amoratadas que le daban aspecto de ser enfermiza. Aun así, resultaba entrañablemente intimidante, quizá se debiese a su monocorde y distante personalidad que hacía que las personas no se le acercaran, con ése toque lleno de sarcasmo que agregaba a sus comentarios.

— ¿Ah, sí?

La miró de reojo con marcado fastidio, ajustándose su mochila al hombro y comenzando a caminar nuevamente por el sendero urbano.

— ¡Sí!

Chilló la chica indignada, ubicándose a su lado casi de inmediato.

La castaña rodó los ojos; Eimi no era su amiga ni nada, pero a la chica le había entrado en la cabeza que “la pobrecilla de Ludge, siempre sola necesita amiguitas. Será un acto de bondad.” y está de verdad no lo agradecía, “¿Ser un jodido acto de caridad? Gracias, pero no gracias.”

Después de los primeros quince minutos empezó a idear un plan para librarse de ella y su tedioso monólogo.

Miró hacía todos los lados, y justo en ése instantes pasó que como en esos momentos clichés de películas la protagonista encuentra la solución a su problema existencial (generalmente amoroso, valga la redundancia). Allá, en la tienda de cd´s de música, estaba la nueva presa de Eimi Anders, Robert Dennison. Curvó sus labios sardónica, lotería parecía irradiar sus grandes orbes café.

— ¿No es ése tu bebé?—

La cortó en seco Natasha, señalando con un gesto de cabeza hacía la tienda musical.

Eimi aunque primero se sintió ofendida por su interrupción tan descortés al contemplar a su joven presa sonrió tal predadora en busca de carne fresca, y Natasha ya no sabía que tan no literal era la cosa, pero dio un paso atrás.

—Lo lamento Ludge, pero tengo cosas que hacer y tú eres…Bueno, estás cansada y no participas en mi conversación. En fin, nos vemos luego, Bebé te mandará saludos de seguro

Se despidió apresuradamente entrando en la tienda. Yekaterina puso los ojos en blanco.

“Que ridícula”

—En fin, avanzaré antes de que anochezca.

Se encogió de hombros con simpleza, avanzando por el camino hacía su casa. Estas eran de por sí muy conocidas por la jovencita, pero hubo una en especial que la hizo detenerse durante un momento.

La Mom Petite era un caro restaurante francés al que nunca había ido, pero lo que le llamó la atención fue el cruce que había por ahí, donde había un tipo de sendero que ella nunca se había parado a analizar hacía donde iba, pero recordó que de todo lo que había dicho Eimi decía algo de un atajo y siendo ella tan vaga le llamó la atención. Era estrecho y largo, similar a esos recovecos donde las chicas débiles siempre iban a parar siendo perseguidas por el ladrón o violador de turno, y siempre terminaba en un hueco sin salida.

“Aunque ciertamente desde aquí no podría saberlo; tendría que ir por él.”

Dudo unos momentos. Solo para comprobar si aquello era cierto decidió avanzar para saber si realmente serviría de algo el supuesto atajo, sino se daría media vuelta y llegaría con no más de diez minutos de retraso.

Avanzó con paso estable por el caminito, se había separado un poco de los locales y actualmente solo se veían las partes traseras de las tiendas, sucias y ópacas; francamente ni le importaba. Siguió caminando hasta separarse finalmente de las tiendas; estas habían acabado ya su extensión y comenzaba ahora un caminito empinado con algunos arbustos y mala hierba.

Se paró de golpe un momento, sopesando las cosas. No podía seguir por ahí sin saber hacía donde rayos llevaba, ¿y qué si iba a parar al hogar de alguna cueva de malandrines?, ¿y si la secuestraban, mataban o peor aún violaban qué? No podía por una estúpida curiosidad arriesgarse así.

Suspiró con fastidio, odiaba perder el tiempo.

—Yo me largo—musitó a lo bajini, dándose media vuelta dispuesta a volver por sobre sus pies, menudo fastidió, se dijo; ya cuando llevaba algunas pasos de adelanto se escuchó un ruido. Se tensó, pero no dejó de caminar lo más silencioso que pudo. Escuchó otro ruido pero tampoco le prestó atención, eso sí, sintió un endemoniado frío soplarle la nuca con crueldad. Se estremeció sin poder evitarlo.

Date la vuelta.

“¿Qué demonios?”

Sintió algo de pánico bien disimulado, una voz grave y de mujer le había hablado mentalmente. A pesar de sus comentarios sátiros la chica creía verdaderamente en seres como los espíritus, demonios y ángeles.

Date la vuelta…

No. Ella de verdad que no quería, justo en ése momento la espantarían. Pero sus piernas nuevamente la traicionaron y lentamente se dio la vuelta con los ojos entrecerrados con desconfianza, y cuando los abrió se encontró algo tan inverosímil que su siempre impecable careta de póker se rompió y su tez demostró la más sorprendente incredulidad.

Había una casa gigantesca. Su fachada era antigua y descuidada, pero tenía un cierto encanto en su arquitectura gótica y ciertamente surrealista. Tenía por nombre Nostradamus; Yekaterina parpadeó, estaba segura de haber leído en algún lugar acerca de alguien llamado así.

Momento, ¿ése no fue el de las predicciones y lo del Papa negro?…”

—En fin…Esto debería tener una explicación más lógica… ¿No será que me aumentó la miopía?

Pero ella sabía que no era así. La casa no estaba y como por arte de magia había aparecido; no tenía nada de racional.

Escuchó un ruido adentro de la casa, lo que la hizo tensar el cuerpo y salir de su ensimismamiento. Dudó unos momentos antes de avanzar por el caminito rocoso que antes no había pisado, pararse en todo el frente de la puerta y cuando iba a tocar, las puertas empezaron a abrirse tan sólo un poco.

Era una mujer; muy alta, de largo cabello negro y ojos igualmente negros y profundos como el carbón; inquietantes. Estaba vestida con un vestido negro que hacía resaltar su piel pálida y marmórea.

Había algo particularmente atrayente en sus ojos; parecían dos cuencas vacías que no tenían fin, como el desesperado abismo en que había quedado atrapada en su sueño de esta mañana.

Una voz suave y serena se escuchó:

—Bienvenida.

Era la extraña mujer, que la seguía mirando con esa intensa mirada tan desconcertante y que le resultaba a la vez inquietante.

—Hola.

No iba a demostrar lo desorientada y perdida que estaba.

—Disculpe, ¿esta es su casa?

—Vivo aquí, sí. Pero esto es una tienda de…antigüedades.

Yekaterina arqueó una ceja, ¿tienda?, ¿y qué hacía tan apartada? Y lo más importante, ¿qué tipo de antigüedades habrían ahí?

La mujer, como leyéndole el pensamiento a la adolescente, habló nuevamente:

—Aquí hay antigüedades de todo tipo. ¿Gusta pasar, señorita?

Parecía dicho, o no, ella estaba segura de que sonó como una clase absurda de desafío, cosa que ella no estaba dispuesta a dejar pasar.

—Claro.

Y las puertas se abrieron completamente.

La chica siguió a la mujer por el pasillo obscuro, húmedo y estrecho, la llevó hacía una entrada sin puerta alguna y prendió la luz. Al prenderse lo primero que notó fue un fuerte olor a sándalo y sauce mezclado con otra esencia que no reconoció; venía del incensario que por todo el lugar se veía casi como si fuese una imperceptible neblina; mirando mejor  logró vislumbrar montones de estantes con libros que ella no reconoció, mesas con bases de vidrio que componían piezas realmente raras, unas hasta hermosas como piedras semipreciosas y talismanes y otras bastante tétricas como muñecos de voodoo y uno que otro artículo de santerías.

¡Qué sitio tan genial!,

“Bueno, quitándole el cómo apareció está bastante guay. Hace siglos que buscaba un sitio así.”

Menos mal que se había llevado la billetera; compraría algunas cosas sin duda…

Buscó a la dependienta con la mirada pero no la encontró. La buscaría cuando tuviese lo que quería, aunque le parecía raro que ella la dejara vagar así no más, ¡podría meter un cuestionable número de cosas en su bolsa! Pero bueno, la mujer era ciertamente…rara.

Comenzó a inspeccionar las mesas y vitrinas del lado oeste de la tienda, las que contenían los extraños accesorios con pinta de amuletos y las piedras preciosas, además de algunas otras curiosidades.

Una pulsera toda hecha de alpacar, cuyo dije del centro era un circulo negro con una curiosa cruz con la punta ovalada apuntada hacía arriba con un agujero en forma de gota. A ella le gustaban los símbolos porque todos tenían un determinado significado, pero ése no lo había podido reconocer.

“Me gusta. Ya le preguntaré a la dependienta qué es, si sabe.”

Otros artículos habían llamado su atención poderosamente. Uno era un péndulo de cobre macizo pero pequeño con una cadenita delicada del mismo material, los había también en piedras y metales, pero a ella le gustó ése. Lo mismo pasó con una piedra que ella no pudo dejar de mirar, por lo que la tomó también…Era una amatista de un hermoso color morado intenso en bruto, sin pulido o tallado.

Recordó vagamente que su piedra favorita, en realidad, siempre había sido ésa desde que era pequeña. Y cuando pasaba por todos los locales de Esoterismo desde niña siempre quedaba como hipnotizada al contemplar las drusas o geodas de amatista, siempre pareciendo decirle con su esplendoroso brillo “Llévame, llévame”.

—Veo que encontró buenas piezas

Ludge se dio la vuelta para encontrar a la mujer mirándola con una sonrisa insinuante. Trató de disimular el pequeño sobresalto que le causó.

—Bingo.

Extendió su mano mostrándole los tres artículos

—Disculpe, ¿puede decirme que significa el dije de la pulsera?

—Es una cruz egipcia llamada Cruz de Ansata, señorita. Es llamado también la Llave de la Vida. Si quiere ver algo más, como los libros, adelante. Yo le cuido sus cosas.

No tuvo que decirlo dos veces, la verdad tenía una horrida curiosidad por recorrer los estantes enmohecidos.

Con su dedo índice señalando una de las estanterías en la que había parado al azar recorrió los libros; más específicamente sus títulos, nuevamente por cuarta vez consecutiva se quedó viendo uno en especial. Era de color blanco perlado, y no tenía dibujitos en la carátula ni nada en especial, más si un título curioso.

La historia sin fin. Ése era el nombre del libro; lo retuvo entre sus manos pálidas contemplando la envejecida portada con apremio. Había algo sobre el libro mohoso que parecía decir “Llévame, llévame.” Su intuición también le decía que lo llevara, y pocas veces se dejaba llevar contrario a su instinto.

— ¿Lo llevarás?

La mujer había adquirido un gustito por aparecer así de pronto, extendiendole una bolsita de terciopelo lila con una media luna.

Miró la bolsita y el libro alternativamente. Luego levantó la cabeza para preguntarle el precio de todos los artículos en totalidad. Su respuesta fue menos que inesperada:

—Llévatelos.

— ¿Perdón?

¿Llevárselos sin pagar nada de nada? Algo aquí no sonaba del todo bueno

—Usted debe cobrarme, no puedo llevar gratis lo que elegí.

—Yo ya no tengo nada que ver. Tú no los elegiste, señorita. Fueron ellos los que te eligieron a ti.

Incomprensible; pensó Yekaterina con incertidumbre, ¿cómo que los artículos la habían elegido? Pensó que quizá la mujer debía tener algún problema de la cabeza algo grave, porque nadie normal regala su mercancía señalando que “ellos lo eligieron”.

Decidió decir que sí; no vaya a ser que la mujer le entre la bipolaridad por despreciar su…buen obrar maritano.

—Bien.

La extraña mujer le envió una sonrisa afilada de dientes pulcros como el marfil.

Disfrútalos, Yekaterina Ludge.

Cuando se dio la vuelta la mujer y el local ya no estaban por ningún lado.

.

..

—No entienda nada…

Mientras pasaba las páginas del libro, miró con extrañeza el extraño dialecto que conformaba las hojas amarillentas y opacas; no tenía mucho sentido.

“Bueno, para empezar en realidad todo esto no tuvo sentido en absoluto.”

Divagó, meditabunda. El dialecto parecía hablado en jeroglíficos, siendo regido por signos, marcas y diversas figuras que sustituían las letras, pareciendo parte de un intrínseco código perdido en el tiempo.

Miró el techo, mientras poco a poco iba cerrando los ojos dejando reposar el libro en su abdomen…

x-x-x

 

Al despertar. lo primero que vio fue el techo aburridamente color índigo de su habitación, como todos los días desde que lo habían pintado. Más notó que esta vez se había levantado muy de madrugada, quizá a eso de la una o las dos de la mañana.

Lo segundo que notó fue que sentía el cuerpo ligero cuando se desperezó, casi como si no pesara y lo tercero…

Miró con estupefacción como dormía apaciblemente en la cama.

Parpadeó, su propio cuerpo estaba inmerso en los brazos de Morfeo mientras ella estaba allí, flotando tal fantasma y mirando con incredulidad su habitación.

El espejo de su peinadora reflejó su posición e imagen perfectamente, aunque notó que en vez de tener una expresión… ¿sorprendida?…No era el caso. En la imagen del espejo tenía una sonrisa plasmada en su rostro, y en un momento dado le hizo una seña con la mano para que se acercara…

Y la chica lo hizo. Se acercó pensando que todo era solo parte de un sueño bizarro, y que si tenía suerte, quizá lograría conocer al gato Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas.

.

..

Abrió los ojos pesadamente. Al recuperar finalmente la consciencia la expresión más pura de la incredulidad se manifestó en su cara. Realmente desconcertada era decir poco.

“¡¿Qué…es esto?!”

Estaba yaciendo sentada bajo un cómodo arbusto, con un panorama de miles de árboles de diferentes tipos, siendo principalmente cedros el más hallado, se encontraban muy cercanos a ella al igual que las flores de intensos u opacos tonos de índigo azulado con formas geométricas.

Algunos árboles, se dio cuenta, mirando más hacía adentro de la maleza eran gigantes, con raíces sobresalientes que se podían notar perfectamente, y como para comprobar su punto fue directamente hacía allá; eran realmente grandes esos árboles, viejos y huecos eran otros aspectos que hacían juego con sus características.

Y cuando miró para arriba vio el cielo teñido de tonos chillones entre naranja y rojo, casi como si fuese un crepúsculo. Aún no podía dejar de pensar que todo era un sueño.

“Es probablemente uno de los sueños más realistas que he tenido hasta ahora.”

Se dijo, intentando convencerse de que lo que quiera que esté pasando…Era un sueño. Aun cuando el viento rugió fuerte y despeinó cabello, o cuando escuchó sonidos de animales que no se le hicieron conocidos, o incluso cuando las hojas del viejo árbol que acarició instantes antes revolotearon a su alrededor como si estuviesen interesadas en su presencia, como si le saludaran.

En ése momento escuchó un sonido diferente a los demás, no parecía de animal. No. Parecían pasos acercándose, mitad miedo y mitad esperanzada se quedó quieta donde estaba.

De repente los pasos dejaron de resonar y en su lugar el tenso silencio cobró lugar en el bosque.

— ¿Quién anda ahí?

Nadie respondió, pero sí se mostró una silueta que se fue haciéndose más visible conforme sus pasos ruidosos y metálicos se acercaban hacía ella.

Eran de un hombre. Era de rasgos aristocráticos bien marcados, cabello azabache corto en picado y de ojos azul rey que la miraban intensamente desde su posición. Lo más distinguible del apuesto chico era una serpiente enrollada que surcaba desde el hombro hasta las rodillas, pareciendo ser parte de su ropa. Portaba como calzado unas botas de cuero altas con un pequeño tacón de lo que supuso era alguna aleación y el que hacía ése ruido extraño. La miraba inmutable con sus ojos glaciares y ella no sabía que decir ante su escrutinio minucioso (y ella con él).

—Oye…

Pero antes siquiera de que terminara de hablar llevó su mano derecha al antebrazo de la otra, notando un pinchazo de dolor. Una aguja zenbong se había clavado en su antebrazo. Con desazón vio que el muchacho se había quedado con la mano elevado haciendo notar perfectamente que él la había lanzado.

Cerró los ojos fuertemente al notar que un nuevo pinchazo ardía como fuego en su garganta. Él muy maldito la había vuelto a atacar. Y está vez Yekaterina fue incapaz de mantener los ojos cerrados, recién recordando que esas agujas generalmente siempre son bañadas en veneno…

.

..

Al mover uno de sus dedos volvió en sí y aun cuando no había abierto los ojos notó que estaba acostada en una cama. Suspiró, todo había sido una pesadilla loca, más se dio cuenta de algo…

Su cuarto no era rosa.

Se levantó precipitadamente, mirando que en vez de su piyama de pantalones y camiseta con lunas muy holgada no estaba, y en su lugar tenía un camisón fino, rosado y de encajes.

—Veo que se despertó, pequeña dama.

Echó un vistazo hacía donde una voz aguda y femenina se escuchó. Una mujer de fragantes cabellos rojos y ondulados, ojos verde olivo, bastante más alta que ella (o eso pensaba) y bonito cuerpo le devolvió la mirada.

La mujer le envió una pequeña sonrisa amistosa para su escepticismo.

“Bueno, no parece como él tipo de hace rato…Mejor me trato de portar “linda” para que me responda…”

Yekaterina le envió una sonrisa devuelta, y se apartó las sábanas para sentarse más cómodamente.

—Disculpe, señorita… ¿Puede decirme dónde estoy?

La mujer le envió una mirada de ternura. Se acercó lentamente hasta estar a pulgadas de distancia de la confundida castaña y con una de sus manos enguantadas le tocó las mejillas. Río para su desconcierto.

—Primero, no soy señorita. Me llamo Helaine, pequeña dama. Y estaría feliz de conocer tú nombre…

Con su mano fue trazando círculos en su mejilla haciendo más notorio que la acariciaba, mientras sus ojos verde oliva la miraban muy cerca logrando incomodar a la chica.

Con una inclinación grácil, la tomó ahora con su mano libre y la otra que le acariciaba anteriormente y la estampó contra la cama de seda. Acercó sus labios a la oreja y la mordisqueó, logrando que la otra soltara un maullido de sorpresa: sus orejas eran su punto débil.

Se acercó a la concha de la oreja, soplando, y le volvió a hablar:

—Segundo lugar: Estás en el Centro Norte; Forconessi. ¿Alguna pregunta más?

“Si, ¡fuera, perra pervertida!” estaba a punto de soltar Ludge, perdiendo su porte indefenso, cuando una voz áspera pero suave la interrumpió.

—Helaine La Gota de Sangre, aléjate.

La susodicha chistó aún con la sonrisita ladeada, y se alejó hasta quedar a una distancia lejana. El mismo hombre que la había capturado apareció.

Observó a esos dos, los cuales ahora se encontraban hablando, pero ella no entendía absolutamente nada de lo que decían. Parecía que de sus bocas sonidos ininteligibles saliesen armónicamente, algunos agudos y otros más graves, casi como si estuviesen cantando una alabanza. Doble mierda, ¿en qué sitio de locos he caído?, ¿no pudieron ser unos asaltantes normales?

—Ahora vete, Agatha de Fuego

Terminó diciendo el hombre, avanzando unos pasos. Se detuvo hasta estar a unos metros de la fina cama, y habló nuevamente para la flamante mujer sin voltearse siquiera

—No toques a esta mocosa, o sino The Ice Queen estará muy molesta. Vete.

Helaine parecía ofendida.

— ¡Eres tan fría, Danne!, ¿Es que acaso no puedes llamar por mí solo nombre ni una vez, querida?, ¡Hasta La Ice The Queen lo hace!

Y siguiendo una serie de murmuraciones se fue cerrando la puerta con fuerza.

¿Fría, querida…?

Oh. Era mujer.

“¿Y por qué me sorprendo?”

Le observó con los brazos cruzados, como estaba cerca pudo notar un colgante caoba que portaba una piedra preciosa de color negro en su cuello. Helaine también llevaba uno casi igual, solo que el color era vinotinto y la piedra era fuccia con tonos rojo sangre y blanco.

—No soy una persona muy paciente, así que quizás encontrarte conmigo no fue de mucha fortuna para ti. Dime sin rodeos mocosa, ¿de dónde vienes?

Se acercó a su rostro, pero no como Helaine, sino simplemente para intimidarla

—No me mientas, mocosa.

… Antes de que usted me encontrara y antes de que cayera en éste lugar extraño estaba durmiendo en mi cama, totalmente ignorante de que rato después despertaría en un bosque, y una persona me lanzara agujas para raptarme…Me acaba de decir esa mujer, Helaine, que estoy en Forconessi. No sé qué es eso.

Dejó de hablar porque realmente no había mucho ya que pudiese soltar, la otra la miró durante unos diez segundos así, muy quieta. Después se retiró de su cercanía y descruzó los brazos.

Su mirada intimidadora había desaparecido de su faz, siendo remplazada por una mirada algo interesada, por lo que veía parecía haberle creído.

La notó muy pensativa cuando preguntó:

—Dices la verdad, mocosa. ¿Qué raza eres?

—Humana.

La ojiazúl asintió y justo cuando estaba por cerrar la puerta se atrevió a preguntar la prisionera, solo por si acaso. Por ahora esa mujer era la única que conocía su situación

— ¿Puede decirme su nombre?

—Daneshka Liello, La dama de la Ilusión, Iztli Lava Fundida, Obsidianus Lapis…Como quieras llamarme, no me importa

Y cerró la puerta de sopetón.

“¿Quién coño puede llamarse Lava Fundida?, ¡Debo estar delirando! Por toda esta semana no comeré ninguna cosa rara…”

Yekaterina se levantó tambaleante mientras abría la ventana de la alcoba, topándose con un cielo color rojo sangre y una luna negra que parecía no tener fin. Las casas se veían acogedoras y pequeñas en comparación con el gran castillo donde se encontraba, con un muro helado que parecía resguardarlo de cualquier daño y personas saliendo y viniendo mientras el bosque donde estuvo se extendía por los horizontes.

Alzó una mano y notó que pequeños, casi invisibles y delicados copos de nieve iba bajando con lentitud. Definitivamente no sabía dónde estaba, pero empezaba a especular que no era el descabellado y surrealista sueño que pensaba…

 

Continuará…

Autor: Brucie Butterfly

Nov-0170003-01/01/

Publicado por Altern Flag Studio

◊Capitulo #02—>(05/08/17) 6:30pm