R.R Danglars – Paciente Cero – Nov-0170001-01/00/

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Paciente Cero

Prólogo


Eran cerca de las nueve de la noche cuando el Pentágono recibió una noticia que, lejos de ser placentera como se supondría al principio, llenó a todos los altos mandos en el más profundo desasosiego. Así, meditativos, cada uno rumiando de diferente forma la información obtenida, buscaban una solución al problema.

Señores de avanzada edad, de enorme experiencia en el campo y uno que otro rostro joven se sentaron en los asientos que se hallaban acomodados alrededor de una enorme mesa redonda, propia de cualquier sala de reuniones. Discutían, hacían propuestas que seguían hasta cierto punto o eran sencillamente desechadas apenas se terminaban de formular, y aún así no podían ponerse de acuerdo.

El ambiente se tornó pesado. Inteligencia no sabía donde meter la cabeza y los encargados del proyecto inicial buscaban una excusa que sonara medianamente convincente para que sus cuellos no rodaran en el tribunal de justicia.

Pero solo habían seguido órdenes. Claro, siempre eran órdenes de alguien más. Órdenes que cumplieron, para colmo, pero cuyo resultado había salido terriblemente mal.

La tarea parecía sencilla sobre papel; de hecho, habían leído cientos de veces la misma idea en libros y revistas de ficción, y la sola fantasía de hacerlo realidad era ya motor suficiente para iniciar sin retraso su labor: ellos debían crear para el ejército norteamericano un suero de Súper Soldado.

Hasta les pareció gracioso llamar al proyecto SS.

Al principio fue sencillo, la tecnología y los conocimientos obtenidos con el pasar de los años facilitaron bastante el trabajo de los científicos al momento de crear mezclas y compuestos que encaminaran las reacciones sobre los sujetos de prueba hacia el resultado esperado.

Códigos genéticos de un lado y del otro, de tal animal o este de acá, quizás alguna planta, insectos, ¿y por qué no? Hongos incluso. Para ellos, hombres de ciencia que habían aprendido a suprimir su conciencia, jugar a ser dios no era más complicado que hacer una simple ensalada.

Se divertían. Las mesas de laboratorio eran su salón de juegos.

Sin embargo, las pruebas llegaron a un punto donde los ratones o los conejos ya no eran suficientes. Se comenzaron a requerir sujetos cada vez más grandes. Perros, monos y aves de gran tamaño comenzaron a poblar sus aulas de recreo. Y conforme avanzaban los resultados, los especímenes debían ser más grandes.

Las concentraciones eran poderosas, de haber continuado las experimentaciones en animales pequeños seguramente se habían destruido sus cuerpos desde adentro. En el instante que un caballo fue inyectado con el suero prototipo, los científicos cayeron en cuenta de otro problema: ¿sería aceptable para el cuerpo humano?

Sin darse cuenta, habían rebasado la concentración prevista para experimentar sin demasiado riesgo con las personas.

Nada que regresar la libreta de apuntes unas cuantas páginas atrás para buscar la solución correcta no pudiera arreglar, pero aquellos científicos habían llegado tan lejos que el morbo inyectado en su ser creándose otra pregunta: ¿Qué pasaría si se experimentaba con humanos?

Con esa concentración, esa fórmula, con las anotaciones que ya tenían hasta el momento, con ese mismo suero que había matado al caballo en tan solo dos días

Los directivos del MK-Ultra estarían complacidos de haber escuchado esto años atrás, pensó más de uno seguramente.

Naturalmente alteraron los reportes tiempo después, diciendo que el suero estaba en vías de ser puesto en prueba en soldados, y claro que agradó a los directores. Los investigadores, al ver el sello de la Casa Blanca y la firma del presidente al final del acta que permitía total control de los recursos y las regulaciones, no hicieron más que sonreír con un deje de poca moral en sus rostros.

Era como viagra para sus mentes.

Al principio utilizaron criminales sentenciados a pena de muerte, porque iban a morir de todos modos. Los resultados que obtuvieron los dejaron poco satisfechos, ya que morían en la mitad de tiempo de lo que producía una inyección letal, pero no en todos los casos. Notaron, además, que algunos de estos “sujetos de prueba” se hinchaban en varias partes del cuerpo antes de desfallecer, sean piernas, pecho, brazos, inclusive el cuello en mayor o menor medida.

La fórmula funcionaba, en parte. Al menos ya tenían un crecimiento muscular inmediato.

Revisaban el historial médico y cronometraban las muertes. Conforme los expedientes médicos mejoraban, también lo hacían los resultados, y el tiempo de secesión se prolongaba. Entonces se teorizaron los resultados en una persona normal, y fueron a ver qué pasaba.

No valía la pena el secuestrar pordioseros de las calles pues daba lo mismo que con los reos. No, ellos tuvieron que eliminar definitivamente la línea de la moral que dividía su trabajo de lo ético, aunque ya habían cruzado ese límite.

Secuestraron civiles, al inicio inmigrantes con poca o nula familia en los países colindantes con México.

Vaya que los resultados mejoraban cada vez más.

El suero reaccionaba diferente tanto con hombres como con mujeres, tanto con jóvenes como con ancianos, nacionales, extranjeros, ¡habían desarrollado un suero que seleccionaba genéticamente a sus receptores!

Pero eso también significaba una cosa.

Las cosas comenzaban a salirse de lo planeado, pero aquella sustancia era tan poderosa que sencillamente no pudieron dejar las cosas así. Solicitaban más recursos al gobierno, reemplazaban al personal que no accediera a seguir con las pruebas. O a veces los usaban como sujetos, a fin de no dejar cabos sueltos.

¿Por qué detenerse ahora que sentían estar llegando a algún lado?

Llegaron a clasificar sistemáticamente el patrón de comportamiento del suero por su sexo, edad y raza. Y lo que les interesó a un punto espeluznante fue que los asiáticos recibían mejor la sustancia que cualquier otra mezcolanza.

Con las autoridades a su favor, no tuvieron reparo en empezar a secuestrar gente.

Los ancianos eran sencillos, pues la mayoría yacían olvidados en asilos o en clínicas. Los adultos requerían excusas convincentes, pero sus resultados eran bastante satisfactorios. Y los niños, criaturas inocentes, pobres almas que de ser arrancados de sus familias conocían el verdadero color del mundo.

Aumentaba el riesgo, así como también lo hacía la probabilidad de éxito en tales sujetos de prueba.

Los resultados excitaban más y más a aquellos vestigios de hombres.

¿Mujeres? ¿Sexo? ¿Drogas? Estas personas solo encontraban placer en sus prácticas.

Los niños eran los que más tardaban en morir. Eran los que aceptaban el suero de la mejor manera. Sus músculos se desarrollaban en proporción a su tamaño, la visión mejoraba, los reflejos igualaban a los de un felino, la capacidad de razonamiento era superior al suyo. Y luego morían.

Ya no debían morir, ya no debían colapsar, debían ser obedientes, no dudar. Ciertos genes facilitaban algunas de estas características más que otras, algunas las igualaban y otras eran uniformes, pero no lo suficiente. Entonces comenzaron a clasificar nuevamente.

Altos, bajos, mezclas, puros. Todos daban reacciones diferentes, pero más satisfactorias que al inicio.

El tiempo se los comía, los recursos comenzaban a ser recortados. Las revisiones eran cada vez más periódicas a pesar de los informes que llenaban falsamente. Las influencias no servían, los sobornos eran insuficientes, desaparecer gente solo volvía más sospechoso su comportamiento.

Eran tantos los problemas que afrontaron que, cuando encontraron el código genético 100% aceptable para el suero sintieron como si Dios mismo se estuviera burlando de ellos. Algunos rieron cínicamente, quizás, otros lo vieron como una llamada de atención a detenerse, pero el daño estaba hecho.

Necesitaban un Steve Rogers asiático, un oriental de piel blanca, cabello rubio y ojos azules. La ironía era suculenta y la tarea más fácil de lo que aparentaba. Con solo encontrar en los informes de migración y registros civiles una pareja que prometiera un nuevo sujeto de pruebas con tales características bastaba.

Lo encontraron en poco tiempo.
El resultado final, aquello por lo cual ahora todo el mundo movía teléfonos y papeles en una de las oficinas gubernamentales (o extragubernamentales, pues nunca se sabía al final a ciencia cierta de qué se trataba), más influyentes de la nación norteamericana, estaba suelto.

Suelto, y tenía hambre de venganza.

 

Autor: R.R Danglars

Nov-0170001-01/00/

Publicado por Altern Flag Studio